Especial Lo bueno de llamarse Andrómeda II

¿Has escuchado decir que los escritores viajan en busca de escenarios para sus novelas? Yo sí, de hecho, sé que algunos hacen y es algo que siempre me había llamado la atención. Cuando hace dos años hice un precioso viaje por Portugal con mi familia, no sabía que estaba buscando escenarios, pero mi subconsciente sí lo tenía claro. Solo unos meses más tarde nacía Lo bueno de llamarse Andrómeda.

El viaje empezó en la mitad sur del país, luego subimos hasta llegar a Lisboa. ¿Qué os puedo contar? Pues que llevaba años queriendo visitarla en general, pero concretamente ansiaba ver La rosa de los vientos. El motivo es muy romántico: mi madre estuvo allí cuando era niña, me contó una escena vivida en medio de aquel gigantesco mapamundi y desde aquellas quise ver con mis propios ojos lo grande de sitio, el Monumento a los Descubrimientos, La Torre de Belén y esas calles bohemias que ella recordaba.

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Eso que está sobre la península soy yo, sí. Jejeje.

¿Qué nos encontramos? Pues una maravilla de sitio: Lisboa es absolutamente bohemia, contrastes, riqueza y humildad, gloria, hogar, fusión de culturas, historia. Es mágica.

Desde el puerto, las gaviotas, los comercios tan particulares, los bares con escenarios, las plazas enrocadas por teatros, los pasteles de nata, la fabulosa estación de tren, su tienda de sardinas enlatadas (que parece una fantasía de Willy Wonka), su plaza central, el Nicola, su fuente llena de sirenas… Wow. Pero quizá, lo más destaca en realidad es su gente, como esos que vimos repartiendo comida a indigentes en la misma plaza céntrica y lujosa que te he contado, los camareros preocupados por dar las sobras a gatitos que viven en la capital (con todo lo que ello implica), la música que escapa de casas y comercios, los amantes en sus  balcones de colores, las fachadas moldeadas a capricho del Tajo, los que cenan entre risas, los que se asoman a terrazas de las que nacen olores deliciosos, los que vuelven al Tajo después de un largo día de trabajo atlántico.

Las personas que encontramos me inspiraron a los lusitanos que aparecen en Lo bueno de llamarse Andrómeda. Cuando miras el Tajo desde el paseo junto a la Torre de Belén, es fácil imaginarse a Vasco después de un día faenando. Mientras paseas por la plaza del Cais, o frente a la estación, puedes ver a Cruz en cada esquina, ofreciendo su magia y su sonrisa a los turistas. A Andrómeda también la encuentras por doquier. Suele llevar mochila y un mapa, saca muchas fotografías y va sola J

En cuanto la pisé (a Lisboa, no a Andrómeda), supe que debía escribir una novela que la tuviera por protagonista. Pero claro, después seguimos subiendo por el mapa lusitano a Sintra, y ahí descubrí que mi corazón podía albergar amor para las dos.

Sintra es un capricho de la arquitectura a veintipocos kilómetros de Lisboa. Parece como si los antiguos habitantes de la ciudad hubieran competido, con ferocidad, para crear el espacio más asombroso posible.

Cuando me refiero a antiguos habitantes de la ciudad, lo digo propiamente: Sintra cuenta con más de cinco palacios entre los que quiero destacar el Palacio da Pena.

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Este lugar emblemático es visitado por los protagonistas de la novela justo antes de pasear por uno de mis sitios  favoritos del mundo: Quinta de Regaleira.

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Casi todas las personas que la han visitado coinciden conmigo en lo espectacular de este lugar, casi todos los portugueses que conozco también lo hacen (algunos incluso coinciden en eso de convertirla en su lugar favorito del mundo). Tiene muchos espacios preciosos con relevancia en la novela, pero quiero destacar el Pozo inciático por lo simbólico que tuvo para mí visitarlo y para Andrómeda en la obra.

Si te soy muy sincera, en los últimos años recuerdo pocos momentos en los que fui más feliz que dentro de aquellos túneles que me llevaban de vuelta a la niñez, mientras jugaba al escondite y me reía como una loca hasta que detecté una sutil luz de fondo, llegué a ella a la carrera (recuerda que iba jugando al escondite) y me encontré en medio de aquel pozo, en sus escaleras fascinantes, EN PLENA MAGIA. Pero no solo fue especial llegar hasta él, también hubo magia al salir. Tuvimos que saltar hamburguesas de piedra colocadas estratégicamente sobre una diminuta laguna verde que te encontrabas, como quien no quiere la cosa, para llevarte de nuevo de regreso a la niñez, a los nervios por si te caes al agua, a las risas.

He obviado hablar de la compañía, no lo veo necesario, aunque quiero que tengáis la certeza de que no me reí sola en aquel viaje que inspiró Lo bueno de llamarse Andrómeda. No habría sido lo mismo sin ellos. Tampoco la novela lo sería, ni los fados, ni el vino verde, ni las realidad, estoy segura.

No utilicé muchos más escenarios en la novela. Fue, principalmente, porque venía con los sentidos a tope y decidí centrarme en estos dos donde tanta gente, como yo, había vivido cosas tan especiales.

¿Y tú? ¿Has estado alguna vez en Lisboa? ¿Y en Sintra?

¿Quieres volver sin moverte de casa?

https://www.planetadelibros.com/libro-lo-bueno-de-llamarse-andromeda/290253

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